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jueves, 25 de febrero de 2010

Hola qué tal

Sales de tu casa y saludas a la vecina que va, con sus tres hijos, al colegio. Entiendo que con tantos niños se agobie. Pero la ansiedad supera el habla. Llevas tres años viviendo en el mismo piso, del mismo bloque, saliendo a la misma hora de tu casa. Y no hay día que se acuerde de ti. Caminas por la calle y ves a los desconocidos de siempre. La ciudad sin ley y los ojos al suelo. A pesar de todo, las ocho de la mañana es una gran hora. Hay mucha gente por la calle, hay mucho tráfico, mucha gente parada en los semáforos. Las mismas gafas, los mismos chaquetones, los mismos paraguas, los mismos perros. Y nadie se saluda. Nadie deja constancia de que existe y está ahí.

Vas a comprar y la cajera sólo te habla para pedirte cambio. Te saluda el mendigo con la caja de monedas en la mano. Pasas por los bares, el señor del perro del quinto tomándose una cerveza. Tu casera, hola. La niña de tu casera, ¿hola?

Llegas a casa, nadie te abre la puerta. Cargado de bolsas empujas con el pie y pivotando sobre el otro entras en el recinto. Te cagas en todo. Mierda de gente. Saludas a la limpiadora. ¡Pasa, pasa! ¡Es que no quiero pisarte!

Y enciendes el ordenador, como si a lo largo del día no te hubieras encontrado con nadie.

Rocío Bueno

jueves, 5 de noviembre de 2009

LOS AÑOS DE LA HISTORIA

Antaño, hubo hombres que festejaban a la Luna y al Sol por los bienes que, directa o indirectamente les habían otorgado. Eran felices y cantaban en el placer de su ignorancia.

Entonces, llegaron hombres que les cambiaron los nombres. Los llamaron de santos. Festejaban a San Luna y Santa Sol por los bienes que, directa o indirectamente, les habían regalado. No eran tan felices y cantaban la necesidad en la sumisión.

Finalmente, llegaron forasteros con bailes pegadizos, timbre de voz hermoso y costumbres reminiscentes de la antigüedad local. Todos empezaron la fiesta con los padres del pueblo venidos de lejos. Pero, aunque quisieron devolver la cultura, ya eran demasiado extranjeros.

Y así, es la historia de la imposición de lo sagrado, y la negación de lo tradicional.


Rocío Bueno

martes, 27 de octubre de 2009

EL OJO QUE ME MIRA

Carlos, Laura, María, Antonio, Manuel, Rocío y cualquier otro, todos son lo mismo. Todos tienen alguna edad. Todos han tenido un momento en el que querían ser algo de mayor. Y todos se han decepcionado.

Se han acostumbrado a verse y a sentirse. Su rostro les resulta familiar y de tanta rutina está en el punto neutro de belleza. Pero se sienten mayores porque sus sueños y sus miedos han cambiado. Han pasado años y años decidiendo sobre qué hacer, qué estudiar, si estudiar, qué ponerse. Han evolucionado del blanco al negro y de ahí a los cuadros, cada uno en su orden.

Todos son uno. Uno que ha pasado derrotas y ha sido humillado. Uno que alberga en lo más profundo un defecto terrible, que esconde. Uno que hace como que no pasa nada, que la vida no le afecta. Sube las escaleras y escala las montañas, supera los obstáculos y se rehace a sí mismo. Ama, como nadie y como todos, a su manera y a la de siempre. Quiere y desea cosas y gente. Da y coge.

Porque vivir es la única forma de vivir.


Rocío Bueno

martes, 13 de octubre de 2009

DE LA GLOBALIZACIÓN Y LA INTEGRACIÓN - Rocío Bueno


Juan se levanta por las mañanas tomando leche con cacao, oro marrón donde los haya. Camina hacia el tranvía esquivando voluntarios en calle Sierpes o en Plaza Nueva. Un día es Amnistía Internacional, otro día es la Asociación Española Contra el Cáncer, UNICEF, Intermon... No tengo tiempo para consignas, no tengo dinero para causas benéficas. Los cinco euros que te gastas en una copa un fin de semana es lo que te cuesta la cuota de socio. Yo no salgo los fines de semana... no bebo copas... no tengo dinero...

Podría ser. Pero Juan dejó pasar Bolonia delante de sus narices sin intentar saber qué era. Juan quiere un coche, una moto bonita, quiere Internet en su casa. Quiere salir e invitar a sus amigos a cervezas.Quiere una casa, sobre todo, quiere una casa. Quiere pasarse X años atado a una hipoteca y esclavizado de su trabajo.

Ana desea ayudar. Sale de la facultad y se va a pedir firmas. Se salta clases para ir a las asambleas. El verano pasado estuvo en Calcuta y ahora, valora tantas cosas... Vive de sobra. Tiene Internet y casa heredada. Y el coche se lo regalaron sus padres.

Juan sólo quiere integrarse y ser normal, aunque renuncie con ello al derecho a la protesta.

Rocío Bueno

jueves, 11 de diciembre de 2008

Jornada de 48 horas

Cierro los ojos. Me esfuerzo. Lo intento con lo más profundo de mi alma. Abro los ojos. El tiempo va lento. Camino casi levitando y realizo los movimientos con total parsimonia. Voy como flotando. Meciéndome. Caigo en la cuenta, de que puedo aprovechar más que todas las horas, todos los minutos del día. Me dedico a mis tareas con tranquilidad. Llego a los lugares paseando. Estudio haciendo problemas como si fueran pasatiempos. Y aprovecho para hacer cosas que normalmente no puedo hacer. Quedo con amigos. Hago deporte. Limpio mi cuarto. Veo una película. De pronto, me veo corriendo en la lentitud del tiempo, porque el sol tardó en ponerse el doble, y yo no llegue a ver el atardecer.

Rocío Bueno